Data may be outdated
Last updated: 9 months ago — Click refresh to get the latest statistics.
Hubo un amigo.
Él tenía una casa.
El lugar parecía salido de mis sueños.
Estaba siempre lleno de cosas. Partes de un piano en el living, consolas viejas tiradas en los escalones, libros en el piso bajo los estantes, teléfonos antiguos, tarjetas de juegos viejos, todo lo que uno pudiera imaginar se podía encontrar en algún rincón de la casa de mi amigo.
Pero lo más extraño era que, por más que hubiera una puerta doble de madera, a la casa se entraba por un ventanal que llegaba desde el techo hasta el piso.
Era una de las ventanas que acompañaban, una a cada lado, a aquel deslumbrante vitreaux.
El vitreaux de la casa de mi amigo se robaba siempre la atención de todos.
Eran cuatro ventanas que en la parte superior se combinaban para formar un arco.
El amarillo, predominante, teñía la sala con un aura antigua, funcionando como una especie de filtro que te hacía ver la vida de otra manera.
Porque sí, en la casa de mi amigo siempre se era feliz. Y cuando no, era porque uno había ido a alegrarse ahí.
Entonces me di cuenta. Como el enamorado que ve la vida color de rosa, el vitreaux de mi amigo te hacía ver la vida de color amarillo.
Por eso fui feliz. Por eso fuimos los unos para los otros. Porque ese filtro nos permitió hacernos una mentira piadosa y creer que en casa de mi amigo seríamos todos siempre felices.
Escrito por Valentina Torres (@vealenazul)
Fotos por Camila Alonso (@teajta) y Charo Coliqueo (@charox__)
Él tenía una casa.
El lugar parecía salido de mis sueños.
Estaba siempre lleno de cosas. Partes de un piano en el living, consolas viejas tiradas en los escalones, libros en el piso bajo los estantes, teléfonos antiguos, tarjetas de juegos viejos, todo lo que uno pudiera imaginar se podía encontrar en algún rincón de la casa de mi amigo.
Pero lo más extraño era que, por más que hubiera una puerta doble de madera, a la casa se entraba por un ventanal que llegaba desde el techo hasta el piso.
Era una de las ventanas que acompañaban, una a cada lado, a aquel deslumbrante vitreaux.
El vitreaux de la casa de mi amigo se robaba siempre la atención de todos.
Eran cuatro ventanas que en la parte superior se combinaban para formar un arco.
El amarillo, predominante, teñía la sala con un aura antigua, funcionando como una especie de filtro que te hacía ver la vida de otra manera.
Porque sí, en la casa de mi amigo siempre se era feliz. Y cuando no, era porque uno había ido a alegrarse ahí.
Entonces me di cuenta. Como el enamorado que ve la vida color de rosa, el vitreaux de mi amigo te hacía ver la vida de color amarillo.
Por eso fui feliz. Por eso fuimos los unos para los otros. Porque ese filtro nos permitió hacernos una mentira piadosa y creer que en casa de mi amigo seríamos todos siempre felices.
Escrito por Valentina Torres (@vealenazul)
Fotos por Camila Alonso (@teajta) y Charo Coliqueo (@charox__)