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Diego Plonnig creció rodeado de voces que no pedían permiso. Su abuela cantaba ópera, su mamá hizo clásico, y en casa sonaban artistas que incomodaban, que rompían reglas, que convertían la música en declaración. Madonna, Billy Joel, Elton John—todos distintos, pero con algo en común: usaban la melodía como arma, como refugio, como revolución.
Cuando descubrió el pop, supo que ahí pertenecía. Porque el pop es más que sonido—es captura de emociones, contradicciones, cicatrices disfrazadas de coros coreables. Es hacer que lo complejo suene inevitable. Que la pista de baile se sienta como casa.
Su música es eso: grande, cruda, visceral. Un espacio donde la rebeldía y la emoción coexisten, donde todes pueden encontrarse en la canción.
Cuando descubrió el pop, supo que ahí pertenecía. Porque el pop es más que sonido—es captura de emociones, contradicciones, cicatrices disfrazadas de coros coreables. Es hacer que lo complejo suene inevitable. Que la pista de baile se sienta como casa.
Su música es eso: grande, cruda, visceral. Un espacio donde la rebeldía y la emoción coexisten, donde todes pueden encontrarse en la canción.
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