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Se juntaron por casualidad; alguien conoce a alguien que conoce a otro. Comenzaron a ensayar en la nave de un polígono, bajo la furia de los Ícaros de Barajas.
Al principio, las casetes. Horas de desorden en un cuatro pistas; la voluntad de que el delirio cristalizase en piezas de dos minutos. Conciertos clandestinos, anunciados de boca a oreja, en los que, a menudo, acababa interviniendo la policía ante la denuncia de algún vigilante.
Y, por fin, con escala en Zaragoza, las canciones.
A modo de colección de diapositivas: los polígonos son las alteraciones del paisaje que peor y más rápido envejecen, aunque los trabajadores que, de día, acuden a las naves parezcan no percatarse del deterioro. Si miras desde demasiado cerca, los detalles se escurren entre las pestañas.
De noche, suceden cosas en el alfabeto. Furgonetas cruzan las avenidas a toda velocidad; se detienen en descampados donde las malas hierbas y los cardos crecen entre montañas de escombros; escupen colchones y neumáticos, que se amontonan formando torres inclinadas, edificios de goma espuma, parques de atracciones para gatos y ratas, melodías para los oídos que escuchan.
A veces, intrusos se arraciman frente a un portón. «Es la tercera vez que veo a Garganta Profunda, ¿quiénes son los teloneros?», «Militares Judías, dicen que te dejan sordo». Siguen el rastro de los rumores; como Poch cantaba: «Es un buen plan para el fin de semana».
Al principio, las casetes. Horas de desorden en un cuatro pistas; la voluntad de que el delirio cristalizase en piezas de dos minutos. Conciertos clandestinos, anunciados de boca a oreja, en los que, a menudo, acababa interviniendo la policía ante la denuncia de algún vigilante.
Y, por fin, con escala en Zaragoza, las canciones.
A modo de colección de diapositivas: los polígonos son las alteraciones del paisaje que peor y más rápido envejecen, aunque los trabajadores que, de día, acuden a las naves parezcan no percatarse del deterioro. Si miras desde demasiado cerca, los detalles se escurren entre las pestañas.
De noche, suceden cosas en el alfabeto. Furgonetas cruzan las avenidas a toda velocidad; se detienen en descampados donde las malas hierbas y los cardos crecen entre montañas de escombros; escupen colchones y neumáticos, que se amontonan formando torres inclinadas, edificios de goma espuma, parques de atracciones para gatos y ratas, melodías para los oídos que escuchan.
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